Mn. Mercant, adalid de Domingo de Soto y el tomismo: «Si no nos formamos, terminaremos prevaricando». Por Luis del Real

Jaime Mercant, con el birrete y la muceta rojos de doctor en Derecho, grado obtenido con una tesis sobre fray Domingo de Soto.

Por Luis del Real

Mosén Jaime Mercant Simó es sacerdote de la diócesis de Mallorca, arcipreste y párroco de tres parroquias, director de la Biblioteca Diocesana y profesor del Centro de Estudios Teológicos de Mallorca. El pasado 27 de noviembre, en la Facultad de Derecho de la UNED (Madrid), obtuvo su segundo doctorado, esta vez en Derecho y Ciencias Sociales, en la especialidad Filosofía Jurídica. Recibió la máxima calificación, o sea, sobresaliente cum laude por unanimidad, y fue nominado candidato para el premio extraordinario de doctorado. 

Aprovechando esta ocasión, lo entrevistamos para que nos hable acerca del gran pensador hispano fray Domingo de Soto, puesto que de su figura y pensamiento ha tratado su disertación doctoral.

-Empecemos por hablar del histórico personaje Domingo de Soto. ¿Qué magnitud llegó a tener en su época?

-En general, las generaciones actuales, incluyendo aquí a muchos intelectuales, desconocen la figura de Domingo de Soto (1495-1560), pese a haber sido éste uno de los personajes decisivos en la historia hispana del Siglo de Oro:

  • junto con Francisco de Vitoria, fue cofundador de la llamada Escuela de Salamanca; 
  • catedrático de vísperas y luego de prima en la Universidad de la misma ciudad; 
  • perito teólogo del Concilio de Trento y del Interim de Augsburgo;
  • confesor del emperador Carlos V
  • autor del célebre Sumario que relató las posturas encontradas de las Juntas de Valladolid entre fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda;
  • formuló, sesenta años antes que Galileo, la aceleración constante de los cuerpos en caída libre (motus uniformiter difformis); 
  • fue el primero en publicar una obra monográfica acerca de la naturaleza y la gracia (De natura et gratia); 
  • defendió, además, la causa de los pobres a partir del derecho natural; 
  • y, especialmente, debemos tener en cuenta que fue el primero que, con su tratado De iustitia et iure libri decem (1553-1556), elaboró, dentro del género escolástico, un tratado autónomo y sistemático acerca de la ley, la justicia y el derecho.

Monumento a fray Domingo de Soto en su Segovia natal.Vicente Alcober Bosch (Valencia, España) / Wikipedia

-¿Sus coetáneos le reconocieron estos logros?

-Por supuesto que sí. Estos hitos que acabo de exponer son sólo unos ejemplos que ilustran la gran talla de este dominico, que fue, efectivamente, reconocida en vida suya y no póstumamente, como ha ocurrido con otros autores de la historia del pensamiento. De hecho, prácticamente todas las obras de Soto fueron best sellers en el siglo XVI y tuvieron una gran influencia en multitud de autores. Aquí no me estoy refiriendo solamente al tratado De iustitia et iure que he analizado en mi tesis doctoral, sino también a otras obras, como las Súmulas o los Comentarios al libro cuarto de las Sentencias, ésta, por cierto, una de las fuentes teológicas del Catecismo tridentino de San Pío V.

-¿Por estos logros fue alguna vez promocionado?

-Domingo de Soto nunca buscó los honores; era un hombre muy virtuoso y humilde. Es cierto que él llegó a ser confesor del emperador Carlos V, pero también es verdad que, al poco tiempo, renunció a dicho cargo, desilusionado de la corte imperial. Además, cuando el Emperador, en compensación, le propuso ser obispo de Segovia, su ciudad natal, Soto no aceptó de ningún modo. 

»Ahora bien, en el ámbito académico, sí que fue promocionado. Recordemos que ganó las oposiciones a la cátedra de vísperas, pero también adquirió la de prima en la última etapa de su vida, aunque esto merece una explicación. 

»Respecto a esto último, una anécdota demuestra la alta estima que se le tenía. Cuando Melchor Cano fue consagrado obispo, dejó vacante la cátedra de prima de la Universidad de Salamanca. Ésta era la cátedra más importante de todas. Pues bien, después de su participación en la controversia de Valladolid, Domingo de Soto volvió a Salamanca, y es entonces cuando los estudiantes más veteranos de la Universidad movilizaron a todos los alumnos y profesores, para que le otorgasen, por aclamación unánime y no por oposición, dicha cátedra, la cual terminó ocupando en el año 1552. Es evidente que este hecho es inédito, y sólo puede entenderse a partir del gran respeto, admiración y estima que se le tenía a fray Domingo.

-¿Entonces, por qué cree que hoy se conoce más a Vitoria que a Soto?

-A mi modo de ver, esta pregunta daría para realizar un interesante trabajo de investigación. De momento, yo no estoy en disposición de dar una solución categórica a un problema tan curioso como misterioso, pero tengo alguna intuición al respecto. 

»Primeramente, Vitoria, pese a haberse centrado en la docencia y no en la publicación, influenció muchísimo en multitud de autores. Tenía un genio y una personalidad arrolladores. Además, en Salamanca ostentaba la importante cátedra de prima. Parece, además, que, para el emperador Carlos V, Vitoria era el teólogo más eminente. Recordemos que si Soto acudió al Concilio de Trento, fue en sustitución de Vitoria, por problemas de salud. 

»Dicho esto, Domingo de Soto fue un autor más profundo y sistemático que Vitoria. Además, se preocupó mucho en editar y publicar sus obras, las cuales, como he dicho anteriormente, tuvieron un éxito apabullante.

»Ahora bien, parece que la figura de Vitoria es más fácil de presentar que la de Soto. En Soto hay que entrar a fondo, porque sus obras son extensas y arduas. En cambio, respecto de Vitoria, muchos estudiosos se han limitado a recurrir a algunos lugares comunes, que hoy pueden ser muy atrayentes, pese a que, con frecuencia, se peque de cierta extemporaneidad. Por ejemplo, son prácticamente innumerables los congresos, conferencias o trabajos colectivos acerca de Vitoria, que lo quieren vincular a la idea contemporánea de los Derechos Humanos. Sobre esto hay mucho que decir y matizar, pero me lo reservo para otra ocasión, puesto que necesito más espacio para explicarme adecuadamente.

Mosén Jaime Mercant (segundo por la derecha en la foto), junto a su tribunal de tesis.

-¿Puede explicarnos cuál ha sido concretamente el tema de su segunda tesis doctoral?

-El título de la tesis ya expresa su esencia, a saber, Los fundamentos filosóficos de la doctrina jurídica de Domingo de Soto: análisis del tratado ‘De iustitia et iure’. Con mi trabajo de investigación, he tenido por objetivo analizar dicho tratado, subrayando los elementos filosóficos que encontramos en él, a saber, la lógica, la antropología, la metafísica, la gnoseología, la ética o la política. En fin, con mi investigación, he intentado probar que De iustitia et iure es una obra que no es propiamente teológica, sino, más bien, un tratado de filosofía del derecho, con un carácter específicamente iusnaturalista.

-Así pues, ¿cómo deberíamos definir a Domingo de Soto: ¿como un filósofo o como un teólogo?

-Domingo de Soto fue, por encima de todo, un teólogo, sin duda. Ahora bien, tampoco podemos olvidar que también sabe descender a los saberes filosóficos, como cuando, por encargo de la Universidad de Salamanca, elabora los manuales de filosofía para reformar toda la ratio studiorum de la facultad de Artes. Estos volúmenes filosóficos son, de hecho, un éxito no sólo en Salamanca, sino también en Hispanoamérica. Por ejemplo, durante muchísimo tiempo, las Súmulas de Soto fueron libro de texto en el Virreinato de Nueva España, y los profesores de lógica debían seguirlo obligatoriamente ad pedem litterae.

»Volviendo al tratado De iustitia et iure, Soto, pese a ser un gran teólogo, también tiene la genial idea de realizar una obra jurídica de carácter filosófico. Con dicho tratado se convierte en un verdadero filósofo del derecho, aunque esta expresión sea posterior a él.

-¿Por qué razón cree que Soto, en este tratado, se basa en la filosofía y no en la teología?

-No quiero que nadie piense que no existe la teología en De iustitia et iure; hay muchos elementos teológicos, pero la teología no constituye el nervio de esta obra. Aquí Soto está muy interesado en fundamentar filosóficamente la esencia de la ley, el derecho y la justicia. La teología le sirve, en todo caso, para confirmar lo que se ha demostrado por la sola luz natural de la razón, la cual, partiendo de la realidad de las cosas, puede captar el derecho natural, o sea, lo naturalmente justo. 

»Podemos situar, pues, el De iustitia et iure dentro del género de la filosofía moral -él, en más de una ocasión, lo dice-, siendo específicamente un tratado de filosofía del derecho. El motivo de esta novedad sotiana la encontramos, a mi modo de ver, en su gnoseología o en su teoría del conocimiento iusnatural. Él quiere demostrar, sobre todo, que los preceptos de la ley natural pueden conocerse por connaturalidad, y aquí radica su fuerza obligatoria. Así pues, todo hombre está obligado a su cumplimiento no porque lo haya revelado Dios mediante el Decálogo, por ejemplo, sino porque la razón natural es capaz de captar el orden justo que la realidad impone. En un segundo momento, la Revelación confirma lo que la luz de la razón ha podido conocer por ella misma.

Vale la meta, no el camino

  • ¿”Lo importante es el camino”? Una breve e interesante precisión filosófica de mosén Mercant.

-Entonces, ¿en qué medida recurre Soto a Dios en su tratado?

-Constantemente. Como he dicho, existen muchísimos elementos teológicos, especialmente cuando aborda la cuestión de ley divina. Pero también es cierto que trata acerca de Dios desde el punto de vista de la teología natural, especialmente cuando lo concibe como causa ordenadora del cosmos, o sea, como la causa del orden justo que toda creatura humana puede captar en virtud de su inteligencia.

-¿Qué opina usted de este método?

-Que es el mejor a la hora de predicar las verdades morales. Por ejemplo, si queremos predicar que el aborto es un crimen abominable, debemos partir metodológica y pedagógicamente de lo que universalmente todos los hombres pueden conocer por sus fuerzas intelectuales. Evidentemente, Soto también es consciente de la debilidad de la inteligencia después del pecado original, y, por este motivo, subraya el valor que tiene la luz de la fe, que da vigor y claridad a la inteligencia humana. 

»Por otra parte, no debemos olvidar que el autor de la ley y derecho naturales es también Dios. De hecho, Soto hace una distinción bien precisa en el derecho divino. Para él, éste no sólo es el derecho divino positivo o revelado, sino que también existe el derecho divino natural. Así, vemos que Soto no cae en la tentación de presentar un derecho natural al margen de Dios, como hemos visto a lo largo de la historia posterior.

»Para que quede todavía más claro lo que estoy diciendo, advierto que Soto concibe el Decálogo como algo que pertenece íntegramente al derecho natural, tanto los preceptos de la primera como los de la segunda tabla, yendo así en contra del voluntarismo de Ockham y de los nominalistas, pero también de Duns Escoto, aunque en estos autores hay muchos matices que aquí no tengo tiempo de explicar. 

»Sea como sea, el dominico quiere remarcar, ante ellos, que absolutamente todos los preceptos del Decálogo, al ser de derecho natural, son absolutamente indispensables. Incluso llega a decir algo muy osado para su época, pero que hay que entender bien. Dice que dichos preceptos naturales corresponden objetivamente al orden moral, tanto es así que, en el caso de que Dios no existiese -lo cual es imposible, añade-, el hecho de contravenir dichos preceptos supondría igualmente un orden pervertido de la razón.

-Éste ha sido su segundo doctorado. ¿Cuál fue el primero?

-El primer doctorado lo realicé en el Abat Oliba CEU de Barcelona (2017), con un director externo, el padre Ignacio Andereggen, uno de los mejores tomistas de la actualidad. En concreto, hice un análisis crítico de la metafísica del conocimiento de Karl Rahner, analizando su temprana obra Geist in Welt [Espíritu en el mundo]. Mi intención fue demostrar que dicha obra no es tomista, como Rahner pretendía mostrar, y que la obra teológica rahneriana posterior se fundamenta en esta gnoseología de carácter trascendental e idealista.

-¿Qué proyectos inmediatos tiene?

-Además de redactar una serie de artículos científicos que tengo pendientes, sobre todo debería centrarme ahora en continuar y terminar mi tercera tesis doctoral, o sea, la que estoy realizando en Toulouse de Francia, acerca de un aspecto muy hermoso del misterio de la Iglesia. Mi intención es conseguirlo, si Dios quiere y me sigue dando fuerzas.

-Por lo que se ve, usted concentra sus energías investigadoras en el tomismo. ¿Qué le diría, pues, a aquellos que creen que esta línea de pensamiento ya está pasada de moda o que no tiene nada que decir al hombre de hoy?

-La autoridad doctrinal de Santo Tomás es perenne, como perenne es también su pensamiento, el cual se basa en principios eternos y se despliega siempre sub ratione Dei. Pero no soy yo el que debe convencer a los católicos para que acudan a la fuente de la sabiduría tomista, es el mismo Magisterio de la Iglesia que explícitamente la ha recomendado, encumbrando al mismo Tomás no sólo canonizándolo, sino presentándolo, respecto de su enseñanza, como Doctor común, o sea, como el Doctor de los doctores. 

»Es más, creo que la doctrina del Aquinate nunca pasará de moda, y de hecho, podemos detectar hoy un creciente interés, entre muchos seminaristas y sacerdotes jóvenes, por el tomismo. Lo que pasará de moda será, más bien, la teología porosa que hoy impera, más cerca ésta de una especie de filosofía de la religión o pseudoteología que de la verdad sobrenatural, pero también muy alejada de las verdades contenidas en el derecho natural que Domingo de Soto siempre defendió, inspirado, eso sí, en santo Tomás. 

»¿No cree usted que, con una formación sólidamente tomista, sería muy difícil que se diera hoy el curioso fenómeno del sinodalismo radical o de la pseudoteología progresista woke? ¿No cree usted que, si volviéramos a Tomás, sería improbable que una parte considerable de la Iglesia negase cuestiones fundamentales del derecho natural?

-Para defender la verdad e ir contracorriente se necesita valor…

-Efectivamente, pero la fuerza nos la da Dios. Domingo de Soto, en su época, también fue muy valiente en muchas ocasiones, como, por ejemplo, cuando enseñó que el príncipe de la república debe mirar por el bien común de ésta si no quiere caer en el execrabilísimo mal de la tiranía; o cuando recuerda que el pueblo a veces tiene el derecho a resistir al tirano, especialmente cuando se contravienen los derechos divino y natural; o cuando advierte que los obispos deben residir en sus diócesis no sólo porque esto pertenezca al derecho divino y lo mande el Concilio de Trento, sino porque también está fundamentado en el derecho natural; o cuando enseña que ni el emperador ni siquiera el Papa son dueños de todo el Orbe.

»Hoy no tenemos a Soto, cierto, ni a autores de su talla, habida cuenta de la palmaria indigencia intelectual reinante. Además, padecemos otros tipos de problemas, muchos más graves que los existentes en el siglo XVI, y con una Iglesia debilitada que, de momento, no parece, en general, estar a la altura de las circunstancias. Por este motivo, es perentorio hablar alto y sobre todo claro, pero, antes de hablar -y esto es lo más importante-, conviene formarse bien, para que lo que enseñemos esté finalmente fundamentado en sólidos principios y no en meros impulsos sentimentales. Pienso que esto es crucial: si no nos formamos, será muy probable que terminemos prevaricando.

Notas

Fuente: https://www.religionenlibertad.com/cultura/250330/mercant-soto-tomismo_111211.html

1° de abril de 2025

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